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El pasado 4 de Febrero Eulalio López “El Zotoluco” se despedía de la monumental Plaza México. Para su última corrida se enfrentaba mano a mano con Enrique Ponce; uno de los mejores toreros de la historia.

La plaza tuvo una de las mejores entradas de la temporada; no había duda de que sería una tarde emotiva y que pasaría a la historia. Uno de los mejores toreros mexicanos de la historia se despedía de la plaza más grande del mundo, una plaza llena de historia por la que han pasado toreros de talla mundial como “Manolete”, “El Soldado”, “El Juli”, Silverio Pérez, “El Rey David” entre otros.

El mano a mano tuvo 6 astados propiedad de la ganadería de Fernando de la Mora; los ejemplares no fueron decepcionantes y permitieron una lidia casi sin retrasos en la que los matadores tuvieron que sacar el máximo provecho de las condiciones y hacer gala de su arte.

Enrique Ponce dio una muestra de arte y valor con el primer toro de la tarde, su faena llenó de gritos la plaza, puso de pie al público y dio una muestra excelsa del toreo español. Consiguió matar con estoconazo que le valió, merecidamente, dos orejas, la vuelta al ruedo y la ovación del público.Para su segundo toro volvió a hacer una buena faena, dio varios muletazos dignos de aplausos y puestas en pie; al final no pudo matar de manera adecuada y se conformó con una vuelta al ruedo que el público reclamó. Para el tercero y último, el más deslucido de los 6, tuvo destellos brillantes pero pocos que solo le valieron el aplauso de la afición.

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Por su parte el nacido en la Ciudad de México, Eulalio López “El Zotoluco” tuvo una tarde emotiva y muy hecha a su estilo. Desde su primer toro demostró un toreo mexicano limpio y bien ejecutado; no logró matar adecuadamente y se conformó con el aplauso alentador que salía de los tendidos. Para su segundo de la tarde tuvo una actitud diferente, logró conectarse inmediatamente, se convirtió en un espectáculo emotivo y  artístico, al final tardó un poco y consiguió una oreja. Para el último se mantuvo firme a su estilo comenzando de rodillas con capote y luego con la muleta.La gente se le entregó, las golondrinas empezaron a sonar y no pudo evitar mostrar sus lágrimas; dio una buena faena pero tuvo que descabellar. Con coleta en mano dio vuelta al ruedo, la gente de pie le agradecía la tarde y los años de carrera.

Al final ambos toreros salieron en hombros, ovacionados y con un profundo sentimiento de triunfo y melancolía. Esa tarde la plaza se rindió a los pies de dos maestros, dos artistas.

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