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El día de hoy tenemos un pequeño cuento escrito por la talentosa Nidia Rivera titulado Psique.


 

Psique

aquí. ¿Quieres café? Está recién hecho.  Dejé una taza limpia en la mesa; puedes usarla.

¿Cómo estás? Yo, mejor que nunca. Visité a mi psicólogo, ya sabes, como de costumbre. Fue un día muy especial. Sentí un gran avance en la sesión de hoy. Me preguntó qué tal me fue en estas dos semanas. Quiso saber si realicé las tareas encargadas, y que le detallara mis experiencias. Todo indicaba una conversación como cualquier otra. Pero deja y te cuento que hoy hubo una diferencia. El tocó un tema esclarecedor, más para mi realidad, ya que antes no le advertía que estuviera poniéndome la atención a lo que yo le contaba en mis terapias. Esta vez le revelé que te iba queriendo, pero que esa fase de enamoramiento estaba disipándose, y que se iban asomando, entre defectos descubiertos, esa aceptación de tu cuerpo y mente sin regalarte más virtudes de las que realmente tienes. Le conté lo del miércoles de la semana pasada, cuando me preguntaste todas esas cosas; le confesé cuanto pude ¿Te acuerdas lo que te respondí? ¡La cara que pusiste! Y lo que hicimos después… sin detalles, claro. Y entonces él me interrumpió con una mirada absorta, me dio a entender que comprendía algunas cosas. Luego comentó que ya tenía esclarecido el análisis de mi personalidad. Me dijo que el problema no son las relaciones, sino el procedimiento. Por lo que le respondí que no entendía a cuál procedimiento se referiría. Entre risas negó con la cabeza mi aparente ignorancia. Seguido me observó por más de cinco segundos a los ojos, y entonces sospeché que en realidad lo sabía.

–Me refiero al procedimiento de obligarlos a quererte–, me dijo, y le respondí:

–¡Ah!, ese procedimiento.

–El método intuitivo que manejas casi como si fuera un plan de guerra.

Actué indiferente mientras me habló sobre lo normal que es el deseo apremiante de que alguien a quien quieres, te quiera. Pero me dijo que yo no presentaba tal similitud en mis deseos. Me explicó que conscientemente, yo afirmaba la percepción que los demás tienen de mí al verme, por mi vestimenta y los modismos que presumo sin que me interese quién tengo enfrente.

–Finges que te vas enamorando, les das lo que idealizan en la mujer perfecta ¿Te das cuenta de que eso es lo que haces? –. Comenzó a mostrarme el análisis de mi situación mental. Dijo: Mientes sobre tus gustos cada vez que hablas con alguien, como si tuvieras el don de adivinar cuál respuesta es la que quieren escuchar de ti, y se las das con seguridad vil. La maldad desborda por tus ojos al ritmo en que vas aceptando la invitación de uno y otro cigarro aunque no fumes, todo con la misma velocidad en la que pides un plato de bocadillos que aborreces, pero sospechas que tus actos, por lo menos a él, le encantan. Eres adicta al procedimiento que inventaste para tu entretenimiento, y la adicción es fuerte.–. Mientras mi psicólogo seguía mis movimientos con la mirada, lo felicité por resolver mi problema después de tres meses de sesiones. No me pareció tan tarde. Hoy supe que ya no habría más citas. Así que pasé a la pregunta fingiendo que buscaba una solución a mi caso:

–¿Qué me sugiere hacer entonces?–. Y en seguida me respondió:

–Deja de fingir interés en tu problema; se sincera con tu pareja; él no merece esta situación. Y por favor, ya deja de mentirme a mí.–. Esto último lo dijo levantando la sábana para bajar su pie izquierdo de la cama y descubrir el piso. ¡Ay amor!, si hubieras visto la pena con la que recogió su ropa apretándola contra su pecho, como si con eso pudiera ocultar sus sentimientos. Un psicólogo enamorado de una psicópata, que absurdo, ¿No? Pero en fin, terminé aceptando su consejo y veme aquí, contándote esta anécdota… ¿Quieres más café?

 

Nidia Rivera.

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